Buenas obras

“Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en

Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres”  Tito 3:8

Lectura: Tito 1, 2 y 3

Si leímos cuidadosamente esta corta carta, nos habremos dado cuenta que  había muchas cosas qué aprender, y sobre todo qué poner en práctica por parte de los nuevos discípulos sobre la doctrina de Cristo. Así que todas estas enseñanzas son también para nosotros, pues como dice en Romanos 15:4 que “las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron…”. Una de las enseñanzas que llamó mi atención de esta carta, es las ocasiones en que se hace un llamado a las buenas obras. “Dios ha formado un pueblo para sí, celoso de buenas obras” (Tito 2:14), los que decimos creer en Dios y  creerle a Él, debemos de ocuparnos de buenas obras (Tito 3:8). El hombre por naturaleza es egoísta, siempre busca primero su bienestar antes que el de sus hijos y cónyuge o de sus padres y hermanos.  Pero a los que han nacido de nuevo, las cosas viejas pasaron y he aquí todas son hechas nuevas. Dios nos enseña a que “siempre que tengamos oportunidad, hagamos bien a todos y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10); sin embargo, Tito deja bien en claro que las buenas obras no son para salvarnos, sino como una respuesta natural al ser limpiados, purificados por la sangre de Cristo, cuando aceptamos este regalo o gracia de Dios; son una manifestación visible de nuestro nuevo nacimiento por la fe a la Palabra de Dios. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para Salvación a todos los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que  nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia… quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras  (Tito 2:11, 3:5, 2:14). –MCGdeG

Presentándote tú en todo como ejemplo de buenas obras; en la enseñanza mostrando integridad, seriedad” Tito 2:7

Prioridades

“A los ricos de este siglo manda que no sean altivos, ni pongan la esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo…” 1ª Timoteo 6:17

1ª Timoteo 6

Mi papá me contó la historia de un hombre que en una ocasión sacó su cartera de su bolsillo, la elevó, y dijo: “Éste es mi dios”.  Aunque no muchos expresan su amor al dinero de la manera tan gráfica que este hombre lo hizo, la avaricia es una realidad en la vida de muchas personas. Muchos de los países latinoamericanos tienen problemas horribles de corrupción. ¿Por qué? Por la avaricia. El diccionario de la Real Academia Española tiene una definición muy interesante para la palabra avaricia: “Afán desordenado de poseer y adquirir riquezas para atesorarlas”. Hoy en día el sueño mexicano es igual al llamado sueño americano: tener más cosas. Sin duda alguna no es pecado disfrutar del resultado del esfuerzo honesto (Eclesiastés 2:24), y por supuesto que Dios quiere que disfrutemos de lo que nos da (v.17), pero cuando el trabajo se convierte en una obsesión con el objetivo de obtener más dinero, entonces la ruina espiritual y moral está a la esquina. Amar al dinero tiene terribles consecuencias. La Biblia dice: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” (v.10). Es irónico que el amor al dinero traiga dolores, ya que mucha gente busca el dinero precisamente para evitarlos. El amor al dinero es tan fuerte que puede atrapar a quienes dicen conocer a Cristo. Por eso dice Pablo que algunos “se extraviaron de la fe”. Nuestra actitud hacia el dinero debe ser como la de un administrador. Debemos saber que el dinero que tenemos le pertenece a Dios, y que somos responsables de usarlo bien. Así que debemos primeramente separar nuestra ofrenda a Dios, y luego usar nuestro dinero debidamente, disfrutándolo y administrándolo para la gloria de Dios. Pídele a Dios que te ayude a administrar tu dinero correctamente, y a verlo de una manera bíblica. –EEO

Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores” 1ª  Timoteo 6:10

El Espíritu en nosotros

“Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él” Romanos 8:9b

Romanos 8

Caminaba con un amigo por las calles de un pueblo en las montañas de San Luis Potosí invitando a las personas a un evento especial que se llevaría a cabo en una iglesia a la cual ayudábamos en ese tiempo. Un señor de ojos de color y tez blanca nos detuvo y nos preguntó si éramos cristianos. Al decirle que sí, nos dijo que él también, y nos preguntó si teníamos la “borrachera” del espíritu. Al instante supe que algo andaba mal. Pronto el hombre comenzó a balbucear y a hablar incoherencias, así que nos retiramos de allí algo tristes, con el hombre gritando a nuestras espaldas. Hoy en día hay mucha confusión en cuanto al Espíritu Santo. Mucho de lo que se hace en nombre del Espíritu es en realidad una blasfemia contra Él. La Biblia enseña que aquellos que verdaderamente son cristianos tienen al Espíritu Santo morando en ellos. Aquellos que se han arrepentido y han creído en Cristo de todo corazón han sido sellados por el Espíritu. Pablo lo dejó muy claro: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13). El verdadero creyente sabe que no necesita de “segundas unciones”, extrañas manifestaciones o cualquier otra señal extra-bíblica para saber que tiene al Espíritu. El Espíritu Santo está bastante involucrado en la vida del cristiano. Por ejemplo, es el Espíritu quien nos da la fortaleza para vivir una vida espiritual y no carnal (v.9). Él nos ayuda a pedir cuando no sabemos cómo hacerlo (v.26). Y hay muchas otras funciones que Él hace en nuestras vidas. Es una maravilla saber que tenemos a un Consolador junto a nosotros (Juan 14:16). No importa qué clase de día has tenido o estás por tener, hay algo que debes saber por seguro: si eres de Cristo, no estás solo. –EEO

Si hoy pasas por una dificultad, recuerda: no estás solo. Dios está contigo.  

 

Un estado legal

“Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” Juan 16:8

Juan 16:4-15

Así que, si se iba Jesús, el Espíritu vendría. Y vendría para convencer al mundo de tres cosas. Pero, detengámonos un momento aquí. Hablando en general, creo que tenemos una vaga idea de lo que Jesús está diciendo con la palabra convencer. Él dijo que el Espíritu convencerá al mundo. En el idioma original la traducción más acertada es que el Espíritu hará convicto al mundo. Esto es algo mucho más profundo.

Suponga por ejemplo que mientras prepara el desayuno, escucha la alerta de que un reo ha escapado de la cárcel y se sospecha que está escondido justo en el vecindario donde usted vive. Precisamente entonces, escucha un rechinar de la puerta posterior. El escalofrío que sentiría y que lo obligaría a usted a que fuera a encerrarse al lugar más escondido de su habitación, es debido a que esta persona, recién escapada de prisión ha sido lo que en nuestro sistema legal llamamos Convicta. En pocas palabras, este reo ha pasado por un proceso en el que el departamento de justicia del estado ha determinado -tras juntar las pruebas suficientes- que es culpable de lo que se le ha estado acusando. El Espíritu Santo hace exactamente la misma cosa. Su poder de hacer convicto al mundo no está basado en superficialidades. Cuando el Espíritu convence, hay una gran evidencia que ha estado reuniendo a través de toda la Escritura (2ª Timoteo 3:16) demostrándole al mundo que sea cual sea su excusa, no tiene razones, ni argumentos para declararse inocente ante el Padre. El Espíritu convence. Hace convicto al mundo de pecado, de justicia y de juicio.  –GMT

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” Romanos 3:23

“Les conviene que me vaya”

“Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” Juan 16:7

Juan 16:4-15

Jesús ya ha pasado suficiente tiempo con sus discípulos como para declararles por sexta vez que va ascender al Padre Celestial (Juan 6:62, 7:33, 13:36, 14:5, 14:28). Los discípulos después de pasar un par de años con Jesús, están llenos de tristeza al saber que su Maestro se ausentará de ellos (Juan 16:6). Pedro al preguntar: “Señor: ¿A dónde vas?” estaba preocupado de lo que iba a pasar con él y sus compañeros después de que Jesús partiera. Es decir, años atrás estos hombres habían dejado literalmente todo por seguir a Jesús. Padre, madre, hermanos, amistades, ingresos, oficio… y ahora iban a ser “abandonados”. Ahora, Jesús vez tras vez anuncia que le buscarán y no lo hallarán y que donde Él esté, ellos no pueden estar (7:34, 13:36). Seguramente los discípulos pensaban: “¿Por qué nos tienes que dejar ahora que estamos tan cerca de ti? ¿Qué pasa con todo lo que has prometido que harás?”. Y es en ese entorno que Jesús les dice no sólo que es necesario, sino conveniente que Él se vaya. Los discípulos no entendían aún cómo es que Jesús cumpliría su promesa de estar con ellos hasta el fin del mundo. Pero esta promesa estaba pronta a ser cumplida a través del descenso del Espíritu Santo. El autor León Morris comenta: “Para los discípulos, la marcha de Jesús era un desastre, una catástrofe; pero, en realidad, Jesús debía marchar por el bien de ellos. Por un lado, les convenía no acostumbrarse a depender de la presencia física de Jesús (y así vivir por fe). Pero lo más importante era que el Espíritu no iba a venir hasta que Jesús les dejara”. Jesús no iba a dejar huérfanos a sus discípulos. Él iba a mandar al Consolador para que donde quiera que el Espíritu estuviera, ahí estuviera la presencia de Jesús. Él les dijo “Y cuando él –el Espíritu Santo- venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio” (16:8). –GMT

“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” Juan 14:18